sábado, 11 de febrero de 2012

Extraños en un tren - cuento - primera entrega - gatoconbotas




Extraños en un tren

El movimiento era continuo, hasta ya habitual, el balanceo, el sonido, el aroma a madera de las de antes, ¿roble o cedro?, yo no era un conocedor experto en maderas aunque por el aroma debería ser pinotea, ese olor característico a la resina eterna de la pinotea, muchas veces, cuando trabajaba en las obras, había encendido tiras de viejos pisos de demoliciones y se notaba entre las llamas el burbujear de la resina que brotaba de las maderas encendidas, ¿como podía una madera perdurar tantos años sin sufrir el menor deterioro? y ahora decoraba las paredes de los viejos vagones totalmente reciclados manteniendo la belleza original pero con todos los adelantos tecnológicos, puestos a rodar nuevamente sobre las viejas vías, si, el balanceo y el ruido eran los de antes, el característico tum tutum tum tutum era solo interrumpido o apenas distorsionado por el silbido leve de un aire acondicionado que mantenía la atmósfera interna en un fresco totalmente agradable. La cuerina verde de los asientos había sido reemplazada por pana importada de China del mismo color, los pasillos alfombrados de azul y las viejas ventanillas del tipo cuchillas por vidrios dobles templados con una delgadísima capa de un material plástico entre ambas que lo hacían irrompibles, los vidrios eran fijos y la vieja persianita americana era mantenida en su lugar pero con un agregado, un dispositivo similar a los levanta-vidrios de los coches modernos permitía subirla y bajarla a gusto, los coches cama eran esplendorosos y todos teníamos un compartimiento privado. A esta hora de la mañana se servía el desayuno y poco a poco se iba poblando el coche comedor, cada uno concurría vestido con ropa informal, sin embargo la chica mexicana lo hacía con un vestido negro algo ceñido a su cuerpo que le favorecía al dejar sus formas perfectamente perceptibles, era joven, muy joven y sus padres evidentemente habrían tenido que firmar un permiso para que ella pueda viajar en este tren o tal vez no, no podía descifrar su edad, parecía menor pero su boca seductora hablaba de una joven muy sensible, tímida y provocadora a la vez, no eran sus ojos, no, era su mirada la que traspasaba todo el vagón, ella estaba en un extremo y yo en el otro, ambos dominábamos el todo desde nuestras propias trincheras, luego entraron varias mujeres mas, todas extranjeras, todas muy bellas, y cada una fue ocupando su mesa, como en un juego de ajedrez, las piezas estaban cada una en su lugar, miré mi reloj y comprobé la exactitud del viejo reloj con aro de madera que adornaba el comedor, el segundero abarcaba mucho más que el radio y su movimiento dejaba un sonido leve pero contundente en el aire, supuse que todas respiraban a su ritmo, pero yo solo sentía el suyo y el mío en un sincronismo perfecto.

“Si yo te leyera más seguido
o si te hiciera el amor una vez cada tres días
seguramente podría desconocerte un poco menos
de lo que desconozco a muchos, a tantos y a ninguno.”

_Sr, Sr… su café, desea edulcorante o azúcar?
_Edulcorante, está bien gracias.

El mozo, era cordial y el servicio excelente, a veces dudaba que en Argentina se hubiera podido revertir tanta desidia, tanto abandono y haber logrado poner en marcha este tren digno de países mucho más desarrollados. Allí estaba, acababa de entrar a la sala “el periodista”, no era un viaje inaugural, más bien hacía meses y meses que se prestaba este servicio pero yo podía saber que esta persona de traje gris y peinado perfecto iba a defenestrar este viaje, todos sabíamos que había consorcios que no querían que se hagan estos viajes.

“Hay un sistema
que lo dirige todo.
Hay un sistema
que todo lo corrompe,
lo pervierte,
encarcela, esclaviza...

Es políticamente incorrecto
tener memoria
es políticamente incorrecto
soñar, imaginar…pensar
o simplemente enamorarse.”

Un joven, ese joven, vestía una remera blanca tipo polo y un pantalón arena y zapatos claros haciendo juego, yo lo juzgaba y lo prejuzgaba, lo imaginaba en alguna villa vendiendo droga y casi nunca me equivocaba con mis primeras impresiones, muy locuaz aterrizaba siempre cerca de la mexicana y se las arreglaba de alguna manera para sonsacarle una sonrisa para luego entablar alguna conversación fugaz que yo prolongaba y prolongaba en mi mente, debía alguna vez dejar mi ciudad y cruzar ese puente de alfombra azul hasta la de ella, de alguna forma llegar aunque sabía que era una transgresión terrible a la sociedad toda incluyendo la ferroviaria.

“Si estuvieras a la distancia breve
donde los ojos se nublan
bastarían solo círculos en tu piel
para que las murallas sucumban,
caerían tus paredes
hacia dentro y hacia fuera
descubriendo tus huesos vírgenes
bajo el sonar de las trompetas.”

continuará

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